Asturias: Playas, historia y naturaleza

Asturias: Playas, historia y naturaleza
Maravillosas vistas se suceden a lo largo de 345 kilómetros de la Cornisa Cantábrica, en el Principado de Asturias.

cudillero 

El Principado de Asturias se asoma a la accidentada Cornisa Cantábrica para ofrecer a los turistas una maravillosa sucesión de playas y acantilados a través de 345 kilómetros. Hay playas urbanas y playas en plena naturaleza, conjuntos dunares, yacimientos jurásicos, paisajes protegidos, monumentos naturales... en un abanico de colores inolvidables.

Constreñido entre las cumbres de la Cordillera Cantábrica, el Macizo Galaico y el Océano Atlántico, un largo pasillo de profundos valles conforma la franja norte de la Península Ibérica. Se trata de una geografía abrupta y espectacular, tapizada con todos los verdes imaginables, la zona más atlántica del multiforme territorio español. Aquí la naturaleza domada por el hombre ha mantenido en alto grado su vigor, conservando multitud de delicados ecosistemas y especies animales, desaparecidas hace ya mucho tiempo del resto de Europa. Las comunidades humanas se han sucedido sobre este territorio, dejando huella sucesiva desde la prehistoria hasta nuestros días. Cavernas con magníficas pinturas y grabados, megalitos y poblados castreños, vestigios de la ocupación romana, castillos y torres medievales, innumerables templos prerrománicos, románicos, góticos, renacentistas y barrocos, además de entrañables testimonios de arquitectura popular constituyen un patrimonio ciertamente singular e irrepetible.

En la Cornisa Cantábrica, el imponente  relieve, siempre verde, convirtió a esta tierra en recóndito refugio de indígenas e hispano-romanos, aquellos que fundaron el reino cristiano que reconquistó la Península de la invasión musulmana y crearon varios estilos arquitectónicos. A lo largo de los doscientos años que mediaron entre el ascenso al trono de Alfonso II (792) y el traslado de la capital de Oviedo a León, en el 999, el territorio originario del reino fue sembrado de sólidos y novedosos edificios de piedra, que en buena parte han llegado hasta nuestros días.

Tres etapas estilísticas sucesivas se distinguen en los monumentos conservados, cada una de las cuales se perfila con claros rasgos diferenciales, dependiendo de que las obras se realizaran durante los activos reinados de Alfonso II (792-842), Ramiro I (842-850) o Alfonso III (860-910). Los edificios levantados durante el reinado de Alfonso II pueden ser considerados como un reflejo tardío de la Baja Antigüedad, entreverado de ciertos elementos visigodos, entre los que no está el arco de herradura, lo que hace más visibles las soluciones arquitectónicas propias de los romanos. La iglesia de Santianes en Pravia, fundada por el rey Silo, puede considerarse como antecedente del estilo; sus piezas decorativas de carácter visigodo se conservan en la iglesia del Pito de Cudillero. La Cámara Santa se labró como capilla palatina por Alfonso II, quien también promovió la construcción de las obras ovetenses de San Tirso, San Julián de los Prados, Santa María de Bendones y, quizá, San Pedro de Nora.

El corto reinado de Ramiro I fue testigo de una asombrosa renovación del arte constructivo practicado con anterioridad. La rotunda presencia de arcos fajones en el interior de los muros, estribados por fuera mediante esbeltos contrafuertes para compensar el empuje, se combinan con arquerías ciegas que aligeran los muros por dentro. Durante el amplio periodo correspondiente al reinado de Alfonso III, a los sólidos elementos constructivos incorporados en los tiempos ramirenses, se añadieron otros de procedencia andaluza, traídos por los mozárabes; tales como los arcos de herradura y el alfiz, acompañados de programas decorativos, pictóricos y escultóricos, también venidos del sur, gracias a lo cual se consumó aquí la fusión entre la tradición occidental con la oriental, aportada por los invasores. En definitiva, un esquema estructural que se adelantó dos centurias al Románico. En las decoraciones se aprecian influencias bizantinas y lombardas. El primitivo y espléndido palacio, hoy iglesia de Santa María del Naranco, la reconstrucción de la cercana San Miguel de Lillo y, probablemente, Santa Cristina de Lena, constituyen destacados ejemplos de esta fructífera fase creadora.

Bien dotada la capital, Oviedo, de edificios palatinos y religiosos, Alfonso III los complementó con la recoleta fuente pública de La Foncalada, única conservada de la Alta Edad Media en la España cristiana. El resto de sus iniciativas constructivas ponen de manifiesto clara voluntad descentralizadora, ya que se encuentran en Villaviciosa (el monasterio de San Salvador de Valdediós, San Andrés de Bedriñana y San Salvador de Priesca), en Salas (San Martín de la Villa), en Colunga (Santiago de Gobiendes) y en Santo Adriano (Santo Adriano de Tuñón). Parece que originariamente la totalidad de las paredes interiores de estos templos estuvieron cubiertas de pinturas; en algún caso se han encontrado restos suficientes de las mismas como para permitir su completa reconstrucción. Seis de las quince construcciones prerrománicas asturianas aún conservadas han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: fuente de La Foncalada, San Julián de los Prados, Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo, Santa Cristina de Lena y la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo.

La influencia de la cultura romana, atraída por la riqueza aurífera del occidente astur, quedó registrada en la calzada que sigue la línea de cumbres que separan los concejos de Somiedo y Teverga, hasta la desembocadura del Nalón, en Pravia. Además, el camino ofrece la posibilidad de recorrer los incomparables parajes que abarca el Parque Natural de Somiedo, recientemente declarado Reserva de la Biosfera / CARLOS GARCÍA.

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