Islas Baleares: Paraíso turístico de Europa

Islas Baleares: Paraíso turístico de Europa
Cada año, cerca de diez millones de turistas extranjeros visitan las islas, que quedan a tan sólo unas horas de avión de los principales países europeos

Baleares01Las Islas Baleares quedan a poco tiempo de vuelo desde cualquier ciudad de Europa y todas ofrecen a los turistas suaves contrastes. El archipiélago balear recibe cada año a diez millones de turistas extranjeros, principalmente procedentes de los países europeos, lo que configura a esta Comunidad Autónoma como uno de los principales paraísos turísticos del continente.

 

Mallorca, la mayor, isla de playas y montañas, de vida urbana y vida rural, de emociones y de silencios, es una belleza mediterránea  que preserva su identidad a pesar de su enorme éxito turístico. Menorca, la vecina tranquila, tierra poética de suaves colinas y civilizaciones perdidas, es una isla de dos hermosas ciudades históricas, de influencias culturales insólitas, de una naturaleza querida y protegida. Ibiza, tierra de la magia blanca, llena de dioses fenicios y seguidores de utopías modernas, es una isla de bellezas naturales, un destino que hechiza a sus visitantes de manera insospechada. Formentera, la pequeña joya, es un paraíso de playas kilométricas.

Las Islas Baleares, en términos turísticos,  suponen una fiesta de diversidad en la que cada uno de los cuatros destinos de sus cuatro islas es una estrella, una “vedette”, por derecho propio y con un particular carácter. Las diferencias se hacen evidentes nada más llegar. Cada isla tiene su propia cara, su arquitectura, su paisaje, su forma de acoger al visitante, en fin, su manera de enamorarle. Como destinos turísticos, las cuatro islas no compiten entre ellas, sino con otros destinos que quedan lejos de este archipiélago, situado a caballo entre Europa y África. En los viajes se puede pasear por los callejones del núcleo histórico de Palma de Mallorca, por las construcciones megalíticas de Menorca, por los pueblos mágicos de Ibiza, por las playas de azul puro de Formentera, por escenarios conocidos, pero también por otros insospechados. Las Baleares muestran de cuántas maneras se puede manifestar la belleza, el bienestar y la generosidad. Son islas ricas que comparten sus riquezas con el visitante. Son, cada una, un mundo aparte, un pequeño escenario maravillosamente diverso.
 
Mallorca responde con una excelente oferta. Encanta al visitante por sus rincones idílicos y tranquilos, por el agradable ambiente urbano y cosmopolita de Palma. También es un buen sitio para practicar el cicloturismo y el golf. Y presenta unos paisajes inigualables como la Serra de Tramuntana, aguas tranquilas para bucear para observar pájaros y un panorama de posibilidades para disfrutar del ocio nocturno y de playas con animación. Lo que todos tienen en común es lo mismo: Un destino ideal. Si hay un dato que refleja la calidad de Mallorca como destino es la fidelidad de sus visitantes. Una fidelidad que a menudo se convierte en algo duradero y que les confiere la calidad de residentes.

Baleares04Palma de Mallorca es una ciudad que se ha nutrido de todas las culturas mediterráneas. Aunque escasos son los restos que dejaron sus primeros habitantes, romanos y musulmanes, las principales calles del centro siguen todavía en gran parte los entramados establecidos hace más de un milenio. Es uno de los núcleos históricos mejor conservados de Europa. En cuanto a las casas señoriales que flanquean los callejones, sus patios permiten vislumbrar el esplendor que se esconde tras las imponentes fachadas. Palma es una fiesta de ideas, un plató de espectáculos, un escenario de conciertos, un gran mercado, un enorme centro de ocio y una inmensa exposición de arquitectura, arte y artesanía.
Mallorca es un paraíso para bañarse, bucear, practicar esquí acuático, windsurf, e incluso para embarcarse en un submarino y ver el fondo marino de forma diferente.
Menorca es la segunda isla en extensión del archipiélago balear, hermana tímida de Mallorca, hechiza a sus visitantes con una mezcla entre belleza tranquila y capacidad de sorprender.

La belleza de sus playas y la del interior se unen en armonía y conducen a un profundo descanso. A pesar de la ausencia de elevaciones importantes, Menorca esconde un paisaje variado y atractivo, lleno de rincones idílicos y protegido por un marcado sentido estético de los isleños.

Menorca asombra al visitante con sus dos caras que se pueden contemplar en sus dos ciudades emblemáticas. Por un lado Ciutadella, la  antigua capital, ciudad pintoresca y un poco melancólica, con un pequeño puerto que se encuentra entre los más románticos de todo el Mediterráneo. Y por otro lado Maó, dinámica capital administrativa y comercial, cuya mala y buena suerte ha sido su situación a la orilla de uno de los puertos naturales más extensos y, en consecuencia, deseados de este mar.

Cada una ofrece un encanto propio, un fuerte e inconfundible carácter que obliga a visitarlas ambas si uno no quiere irse de esta isla sin la sensación de haberse perdido algo importante.

Menorca es también un mundo de mundos perdidos. En estas tierras antiguas civilizaciones han ido dejando una variada herencia de edificios, ruinas y objetos.
Hoy Menorca es una isla de un carácter profundamente rural y al mismo tiempo una sociedad sin complejos en el trato con otras culturas. Tanto ha pasado en Menorca, tantos han pasado por Menorca. Ahora es el turno de los turistas, invasores pacíficos que después de poco tiempo son dueños de unos hermosos momentos que la isla regala a su típica manera.
Ibiza es la tercera en tamaño del archipiélago balear. Casi todos asocian a este destino unas ideas preconcebidas que reflejan sólo una pequeña parte de su realidad. Sí, Ibiza era la isla de los hippies en los sesenta. Sí, Ibiza sigue siendo la isla de la jet-set, de las mega-discotecas, de una actividad que refleja libertad, encuentro multicultural y magia nocturna; y también es cierto que sigue siendo un refugio de preferencia para las personas creativas y las que buscan vivir las utopías.

Baleares02Pero Ibiza es mucho más. Ibiza, nombre en el cual se esconde todavía el dios fenicio Bes, fue la primera isla del archipiélago con una ciudad importante.
Ha sido uno de los pocos lugares donde las culturas púnica y romana convivieron pacíficamente dando lugar a unos tesoros arqueológicos únicos en el Mediterráneo.
Ibiza es una isla llena de misterios, llena de magia. Un pasado duro, marcado por la pobreza, las invasiones, la exposición a un entorno lleno de peligros, ha dado lugar a una arquitectura que sólo hoy, en tiempos de paz y de una economía reforzada por el turismo, podemos llamar estética.

También llaman a Ibiza y su pequeña vecina Formentera “las islas de los pinos”. Pese a unas condiciones que hicieron la vida difícil antaño, es una isla rica en muchos sentidos. Las condiciones ideales para extraer la sal del mar hicieron de Ibiza desde muy temprano un trofeo codiciado para los imperios mediterráneos.

Formentera es la isla de los 83 kilómetros cuadrados, los 69 kilómetros de costa y de tan sólo 7.600habitantes. Es una isla cuyo nombre se ha convertido en un sinónimo del turismo individualista, de las vacaciones naturales, de una vida no urbana, sin estrés ni atascos. Formentera es el destino fetiche para los que valoran el ambiente rural y las particularidades de una pequeña comunidad sin grandes ambiciones materiales. Es el destino preferido de los viajeros cuyo lema es “small is beautiful”, lo pequeño es bonito. Finalmente es el lugar de peregrinaje de los que adoran las auténticas playas de ensueño, con unos colores  espléndidos y aguas cristalinas.

En Formentera, la gran mayoría de los establecimientos turísticos son empresas familiares de los mismos isleños. Es un territorio de bicicletas, de excursionismo, de playas que siempre quedan a pocos pasos, de los placeres tranquilos que no contaminan ni el medio ambiente ni la mente.

Las dimensiones humanas y la sencillez de la vida cotidiana, contrastan con otra vida cultural nutrida por los vestigios de una turbulenta historia y por las contribuciones de los que pasaron por la isla, desde los romanos hasta los visitantes modernos. Todos han dejado algo, y el cúmulo de todo aquello proporciona alimentación para la mente curiosa. En la era de los aviones, los trenes de alta velocidad, las autopistas y los viajes de cientos y miles de kilómetros, es un concepto rompedor y de alguna manera muy futurista experimentar un mundillo de distancias ridículas y descubrir que con esto hay suficiente, que la felicidad reside en los momentos y en los seres humanos que viven en armonía con su lugar.

A menudo es la misma geografía la que proporciona una filosofía de vida. Si el horizonte queda muy lejos, la mirada se concentra en lo que está cerca. Si lo lejano no promete la felicidad, la buscamos en el aquí y ahora. Y si el aquí y ahora resulta tan bello, nos encontramos en una isla feliz.

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