Los quintos del 49 de Nava del Rey celebraron su fiesta

Más de sesenta quintos nacidos en 1949 en Nava del Rey (Valladolid) celebraron su incorporación a filas y su posterior licenciamiento del Servicio Militar Obligatorio, acompañados de sus mujeres y de las navarresas que nacieron también ese mismo año y de sus maridos.

Los festejos comenzaron en la ermita de Nuestra Señora de la Concepción, con una misa ante la Patrona de Nava del Rey,  a quien ofrecieron un ramo de flores y rezaron una oración por los quintos fallecidos. Posteriormente, en el Bar Trillo de la Plaza Mayor se sirvió un suculento aperitivo, regado con vinos de la tierra, blancos y tintos, así como con una deliciosa limonada. Luego, en la Casa Rural Doña Elvira, tuvo lugar una copiosa comida y un baile hasta las siete de la tarde. Tras un pequeño descanso, a las diez y media, el cohete anunciaba la cena en el Bar Zamora, a la que siguió baile hasta el amanecer.

Los quintos del 49 rememoraron de esta festiva manera sus destinos militares y llenaron de anécdotas y vivencias de esos días imborrables las largas sobremesas con lúdicas conversaciones en una larga jornada de amistad.

La fiesta de los quintos es una fiesta tradicional en los pueblos de España que rememora la quizás primera salida temporal de los mozos de aquel entonces, como los del 49, hace casi medio siglo, desde su pueblo a un destino desconocido. Para muchos la mili significaba el “destete familiar”. El abandono de sus padres, hermanos, allegados y amigos del entorno rural. Era el adiós temporal de sus puestos de trabajo, de sus estudios, de su futuro, la primera emigración forzada, aunque fuera para servir a la Patria, con mayúsculas, algo que no se entendía muy bien al principio a no ser que se contara en el contexto de la guerra contra los franceses de Napoleón, que habían invadido España y que quedaba tan solo en la nebulosa de las primeras enseñanzas de las escuelas. La Patria. ¿Qué era eso? Los españoles han sido patriotas cuando había una amenaza foránea colectiva, la amenaza de fuera. De las invasiones. La última reconocida estaba troquelada a fuego en la mente de los navarreses. Era la de los ejércitos de Napoleón, en la invasión francesa. Precisamente Nava del Rey fue en 1809 y 1810 el centro de una gran represión por parte de las tropas invasoras, con requisas de alimentos, dinero y plata de los habitantes y del erario municipal, y además, con asesinatos públicos de “escarmiento” a los revolucionarios locales y a los ediles de Nava del Rey durante la ocupación francesa. En esos momentos sí que la Patria palpitaba en los corazones navarreses contra la invasión de las tropas napoleónnicas, como un motor unido contra el peligro que acarreaba la injusticia y el cautiverio. Pero aquellos sentimientos patrióticos ya no se rememoraban hace cincuenta años, a la hora de cumplir el Servicio Militar, el servicio a España, con el que se realizaba esa leva obligatoria y atrabiliaria hacia los campamentos para adiestrar a los españoles en la lucha y en la defensa militar.  ¿Contra quién?, se preguntaban entonces los quintos, a la hora de cargar el Cetme o el pesado fusil Mosquetón que se entregaba a los reclutas. Y la guerra civil ya quedaba lejos y la Patria común era cosa de unos y otros.

QuintosNava01Algunos creían que este Servicio Militar Obligatorio no traía nada de enseñanza, sino más bien una pérdida de tiempo y de dinero. Pero la mili quedaba en nuestra juventud la indeleble señal de las vivencias, de las experiencias, del compañerismo, de la solidaridad ante las dificultades y lo desconocido, de la disciplina férrea, del esfuerzo colectivo frente a lo individual, y en definitiva del pasar una dura prueba, como  las de los duros concursos televisivos de ahora, que terminan como entonces, en el éxito de haber culminado bien los vaivenes de un Servicio Militar que tarde o temprano tenía que pasarse. A no ser que un tribunal militar médico estableciera que el quinto era inútil total, o se dictaminara cualquier otra causa social que redimiera del cumplimiento de la mili.

Los estudiantes hacían las Milicias Universitarias en verano, durante tres años, para que no les afectara directamente en los estudios durante el tiempo de aprendizaje. Otros pedían prórrogas de estudios hasta ver la posibilidad de realizar toda la mili en un año, compatibilizando el tiempo militar con las materias de las carreras cursadas. Y todos tirábamos la gorra al aire el día del fin del campamento y de toda la mili para indicar gráficamente la alegría de estar “licenciados” y con el Servicio Militar cumplido.

Y eso es lo que año tras año los mozos de los pueblos siguen recordando y festejando, que coincidía con la mayoría de edad.

Hasta hace poco se libraban de la mili los que tenían alguna grave enfermedad, los que tenían que hacerse cargo de sus familias, por pobreza total o por circustancias maléficas de su entrono social, y los que habían señalado objeción de conciencia. Es decir, aquellos que no querían empuñar armas ni defender a la Patria ni defenderse ellos mismos siquiera en un estado de guerra o de máximo peligro, porque su conciencia se lo impedía. Éstos, al principio, iban a la cárcel por insolidarios y luego eran eximidos del cumplimiento del Servicio Militar sin más, ante la mirada envidiosa del resto. Los demás, aunque les hubieran operado de apendicitis un día antes, tenían que someterse a la disciplina castrense.

Los quintos nacidos en el 49 recordamos los años setenta cuando nos llamaron a filas. En mi caso, ingresé en el Campamento de Instrucción de Reclutas (CIR) de El Ferral del Bernesga (León) el 15 de enero del año 1972. Aquel día hacía un frío intenso en el blanco pico Costerón de los Montes de León. En una explanada se encontraba el CIR, donde miles de reclutas que no sabían lo que era un fusil, se amontonaban en los barracones para que les dieran en los almacenes la ropa talar. Sólo las camisas y los pantalones eran nuevos. Las demás ropas eran heredadas de los anteriores soldados. Nosotros bromeábamos cuando decíamos que los tres cuartos parecían cuatro cuartos, porque nos llegaban a los pies.  Y a otros les sentaban como los capotes de paseo de los toreros, cortos y estrechos. Algunos llenos de mugre, que se cortaba con el cuchillo, esperando que cuando se llevaran a casa, a los primeros veinte días de mili, se lavaran y limpiaran durante el corto fin de semana del primer permiso.

En fin, muchos de los quintos no sabían atender a las llamadas de sus nombres, ya que se nombraban por el primer nombre de pila y por su apellido, cosa que algunos ni recordaban, porque atendían por el segundo nombre o por el mote.

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En tres meses de campamento se fraguó la voluntad de los reclutas. Algunos de los que llegamos en enero picamos el hielo fundido en la carretera, a temperaturas de veinte grados bajo cero. Y cuando, embozados en la gorra llena de carámbanos,  nos cruzábamos con alguien en la ventisca de la noche, nos mirábamos una y otra vez despacio, girándonos en varias vueltas antes de irnos, para ver si nos conocíamos entre la nieve, como en la película “Doctor Zivago”. Y después de los primeros recelos, al reconocernos, nos dábamos un abrazo de comprensión y cariño.

Al final, teníamos lo más grande que puede haber en la vida. La amistad. Allí, en la mili, encontré a Fernando Carazo, a Javier Díez Cantalapiedra, que en realidad se llama Francisco Javier Tomás Díez Cantalapiedra, a Norberto, el médico de Valladolid que curó las paperas de la hija del sargento de la Compañía y por cuyo milagro pudimos tomar café nocturno en una salita del barracón hasta el final del Campamento… En fin, luego vino la mili en Valladolid, en el Parque de Artillería de La Rubia, donde con mi pase pernocta y mi puesto de escribiente en la oficina de dirección, pude eludir las noches de guardia y dedicarme a lo que realmente iba a ser mi profesión y el auténtico servicio a mi Patria: el estudio de las carreras de Ciencias Políticas y de Periodismo que me catapultaron a ejercer de periodista en el Diario Ya, en el Diario Hoy, en la Hoja del Lunes de Badajoz, donde fui el director más joven de periódicos de España, con 25 años, en el Diario 16 del que fui subdirector, con Pedro J. Ramírez, y en los medios extranjeros donde fui corresponsal: del Diario Excelsior de México y de la radio televisión de Baviera, Bayerische Rundfunk. ¡Qué paradoja y quién lo iba a pensar, que un periodista como yo, que hizo la mili, y que sintiéndose demócrata y solidario en el servicio leal a la Patria iba a cubrir la noticia de los militares golpistas del 23-F con el infame asalto al Congreso de los Diputados en contra de la monarquía parlamentaria y la democracia que tanto había costado consolidar a los españoles después de la guerra civil!

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Los quintos de La Nava entramos en el Ejército con Franco y celebramos la mili con el Rey Juan Carlos y ahora con Felipe VI, que encarna las libertades y la democracia. Lo hicimos con buena voluntad. Sin pensar en una contrapartida. Dando lo mejor de nuestra juventud, con lealtad y sinceridad. Con orgullo. Y por eso lo celebramos por todo lo alto, con una gran fiesta, sea cual sea el pensamiento de cada cual.
Y por eso dedico este Soneto a los Quintos del 49, que leí en la ermita de la Concepción.


SONETO A LOS QUINTOS DEL 49

Servimos a la Patria con decoro,
alejados de nuestra amada tierra.
Sentimos el dolor de quien se aferra
al recuerdo de La Nava, un tesoro.
La amistad de la mili vale oro.
Mucho más que el arma que te aterra.
Hicimos el amor y no la guerra
y eso nos salvó del indecoro.

Y en esta Concepción que nos conmueve,
que el sable cuelgue como un palo,
y que cualquier sufrimiento sea leve.

Y decir en esta fiesta que se mueve,
que no hay ni un solo quinto malo
en la quinta del cuarenta y nueve.

(Nava del Rey, 2 de agosto de 2014. José Carlos Duque. Quinto del 49 en El Ferral del Bernesga (León) y Artillero segundo en el Parque de Artillería de Valladolid).

¡Viva los Quintos del 49 de Nava del Rey! ¡Viva la  Virgen de la Concepción!, ¡Viva Nava del Rey!, ¡Viva Castilla y León. ¡Viva España! ¡Viva las Fuerzas Armadas! ¡Viva el Rey Felipe VI!

TEXTO Y FOTOS: JOSÉ CARLOS DUQUE / LOMEJOR.COM

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