Nava del Rey: Los Pegotes iluminan el Interés Nacional

Miles de personas, navarreses, forasteros y turistas, presenciaron la fiesta de la Bajada y Subida de la Virgen de la Inmaculada Concepción, conocida popularmente por Los Pegotes, antiguas teas de pez encendidas para iluminar la procesión nocturna, además de las hogueras.

El 30 de noviembre la Inmaculada bajó desde la ermita a la iglesia parroquial de los Santos Juanes. Y el 8 de diciembre, en sentido contrario, volvió a su ermita de la Concepción, y todo quedó en silencio, después de los vivas a la Virgen y del cántico del himno a la patrona de la ciudad de Nava del Rey (Valladolid).

Culminó así el novenario y la Fiesta de Interés Turístico Regional que congregó a la muchedumbre y a los periodistas acreditados que dieron fe del fervor popular y la expectación que suscita la fiesta de los Pegotes, una celebración que solicita a gritos sea declarada Fiesta de Interés Nacional.

La fiesta de la Virgen de la Concepción es una de las conmemoraciones más sentimentales y poéticas del calendario festivo tradicional de España. Se prolonga durante los últimos días otoñales del año, algunos empapados en nieblas lloronas y noches estrelladas, anunciadoras de las primeras heladas invernales. Sólo las hogueras de talas de pino piñonero redimen el nocturno frío e iluminan el camino de la procesión sacra y popular.

La virgen de la Concepción se convierte en el timonel espiritual de la insólita comitiva. La imagen es la elevada proa del secular coche de mulas, al que se suben también el párroco o el predicador del novenario, el alcalde y un miembro de la familia Pino, que donó el legendario carruaje en el siglo XIX.

En una escena viscontiana, la procesión se abre paso entre las crepitantes hogueras, encendidas a uno y otro lado de las anchas calles, al paso de la carroza de grandes cristaleras, que culmina en una corona con piedras de colores.

El pueblo acompaña al coche de la virgen lanzando medio centenar de vivas, acuñadas por los navarreses en los dos siglos y medio que perdura la tradición.

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Desde que el consistorio municipal reconoció en 1745 el dogma de fe de la Inmaculada Concepción, la Virgen limpia y sin mancha, que dio a luz al hijo de Dios, el Ayuntamiento la hizo su patrona. Y desde entonces se celebra el novenario que proclama el gran acontecimiento. Y el pueblo entona alabanzas en honor de la reina y señora del universo celestial. Y una noche encendió hogueras para acompañar a la procesión nocturna, la bajada de la imagen desde la ermita a la iglesia y a los nueve días la subida, para devolverla a la ermita, al lugar de Pico Zarcero desde donde vela por todos los navarreses, por sus campos y haciendas, por sus afanes y desvelos. Los de todos, ricos y pobres, letrados e iletrados, sanos o enfermos. Todos iguales ante la tradición y el fervor popular. En el camerino de la ermita, los exvotos, dan fe de los favores y milagros concedidos por la virgen. Y la misma estatua luce hermosas pelucas, de finos cabellos, donados por las jóvenes, sortijas y regalos, mantos de seda, de distintos colores, blancos, rojos y azules, bordados en oro.

Los mismos cuidados y costumbres seculares se repiten cada año en esta peculiar fiesta. Los muleros, que enjaezan y guían las nobles caballerías, ahora burros, portan coloristas pañuelos en la cabeza para protegerse de las morceñas y chispas que levanta la leña ardiente. Fuman puros donados por la Corporación y beben ponche y vino rancio, oloroso, emulando antiguos parabienes de la pujanza del pueblo.

La virgen emerge en su carruaje sobre el fuego arrebatador que rasga la noche. Es la celestial visión frente a la llama infernal, la virtud frente a lo terrenal, la fe frente a la relajación, la raíz histórica frente a la innovación tecnológica, la añoranza de los años ricos frente a la crisis y la precariedad. Lo antiguo frente a lo moderno.
Así es la fiesta de la Virgen de la Concepción, la Virgen de los Pegotes, la Virgen de las Castañas, asadas antiguamente en los rescoldos de las hogueras. La fiesta de la Madre de Dios, la que nos cubre con su manto, como rezan los encendidos vivas que se lanzan a la imagen durante el trayecto procesional, de más de una hora.

Todo asombroso en esta fiesta tan peculiar como atractiva. Digna de contemplarse. Una fiesta histórica que merece congregar a propios y extraños. Digna de ser proclamada Fiesta de Interés Turístico Nacional.

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