Interrrail: Un continente unido por una línea

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Interrrail: Un continente unido por una línea
Crónica de una dieciochoañera por el corazón de Europa (Viena-Praga-Budapest)

Europa, un gran continente que desde sus remotos orígenes ha sido escenario de batallas entre reinos e incluso de catastróficas guerras mundiales, ha conseguido con el tiempo unificarse como una Unión; sus países han visto evolucionar al ser humano y las civilizaciones hasta el día de hoy, y prueba de ello son las ciudades que han sobrevivido a las eras y son testimonio de la Historia. A día de hoy, cualquier ciudadano de la Unión Europea que desee recorrer cada ciudad de este gran continente, tiene acceso al billete del Interrail para alcanzar su objetivo; este billete fue creado en 1972 a raíz del 50º aniversario de la Unión Internacional de Ferrocarriles (U.I.F); fue ideado como un billete de tren para que personas de hasta 21 años pudiesen viajar por Europa durante un período de tiempo determinado según la cantidad monetaria que pagasen . Transcurridos los años, ha ido cambiando la edad estipulada para los viajeros, de tal modo que la edad para optar a este billete de tren es, a día de hoy, ilimitada.

 

La mayoría de las veces, viajar sale caro: billetes de avión, hoteles, restaurantes, museos… pero el concepto del interrail rompe esos esquemas; desde hace años, ha surgido la idea entre los jóvenes de recorrer Europa de una manera económica y eficiente… y es que, ¿a caso no suena maravilloso poder recorrer las capitales más importantes de Europa en tan sólo un mes? O una semana, o diez días: el viajero elige el número de días según las tarifas que existen. Muchos jóvenes que finalizan sus estudios de bachiller para empezar una etapa universitaria enfocan el verano intermedio como tres meses de libertad, los adecuados para viajar desenfrenadamente. Pero no únicamente jóvenes, ya que es un viaje sin límite de edad.

Respecto a mi experiencia personal, a mis dieciocho años de edad y sin pensarlo dos veces, me lancé a la aventura con dos amigas y una tarde de Mayo compramos el billete del Interrail. Teníamos claro qué no podía faltar en nuestro itinerario: el mítico y emblemático triángulo “Viena-Praga-Budapest” ni ciudades como Berlín o Ámsterdam. Las tres ya habíamos visitado capitales como Londres o París más de una vez, así que optamos por escoger ciudades que nunca hubiésemos visitado antes o que quisiésemos conocer más a fondo. Residir en hoteles no es propio del típico concepto del viaje del Interrail, por lo que comenzamos a mirar hostales en internet. Finalmente, decidimos el siguiente recorrido: El avión nos dejó en Ginebra, Suiza; es conocida como una de las ciudades más caras de Europa, y el lujo relucía por las calles; he de admitir que no me resultó una ciudad cautivadora, pero sí curiosa. Aquella noche dormimos en el tren, de camino a Salzburgo, una ciudad no muy conocida, pero si habíamos oído que era una ciudad digna de ser vista; Salzburgo resultó ser monumental, con un encanto especial y desbordante. Visitamos la casa donde nació Mozart… la verdad, es curioso cómo por las mismas calles que aquel gran compositor recorría en su día, hoy en día cualquier persona pueda tomarse una hamburguesa en el McDonald’s que hay en frente. Por todas partes había turistas asiáticos con grandes cámaras fotográficas.

Interrail18Al día siguiente debíamos ir a Budapest, y teníamos pensado dormir una noche más en el tren y amanecer así en la capital de Hungría, pero el plan no resultó como esperábamos: una vez en la estación, la pantalla electrónica anunciaba un retraso de tres horas del tren que debíamos coger. Dormimos un rato en las escaleras de la estación , pero cuando volvimos a mirar la pantalla, el retraso se había incrementado y debíamos esperar hasta las tres de la mañana. Cuando por fin llegó el tren, pudimos comprobar con cierta desesperación que estaba completamente lleno: había turistas de todo tipo, inmigrantes, personas de diferentes etnias, todas ellas acomodadas en sus asientos con mantas y almohadas. Mis dos amigas y yo nos hicimos un hueco entre la gente que trataba de dormir en el suelo. Al llegar por fin a la estación, pudimos comprobar que aquello no parecía Europa: parecía, como primer impacto, un ajetreado país de Oriende Medio; la estación era invadida por un penetrante olor a curry y vendedores ambulantes te decían en inglés cifras de florines (moneda húngara). Las tres, con el gran macuto a cuestas, salimos de aquel lugar tratando de buscar el albergue. Una de ellas miró el mapa en su móvil y nos indicó el camino.

Budapest parecía una ciudad decadente y desgastada, a simple vista solitaria pero con una gran belleza. El albergue era acogedor y cómodo. Dormimos un par de horas y nos lanzamos a recorrer la ciudad; nos dimos cuenta que la primera impresión que teníamos de Budapest había sido falsa, ya que lejos de la estación y en el centro, era una ciudad llena de Historia, belleza, edificios preciosos… el cambio de moneda nos favoreció y prácticamente todo era muy barato. Budapest se divide en dos partes: Buda, a una parte del río, y Pest en la otra. Podías pasear por donde la princesa Sissi paseado antes, mientras veías en gran Parlamento. Buda es bastante más monumental que Pest. El siguiente destino, tras dos noches en Budapest, era Viena. Llegamos a la estación y encontramos el hostal.

Viena nos pareció una gran y monumental ciudad, la cual es bien sabido que fue cuna del arte durante años. Viena era, por así decirlo, más cuadriculada y elegante que Budapest; se caracteriza, principalmente, por ser una ciudad inmensa en la cual no puedes andar durante diez minutos sin encontrarte con un gran monumento, como por ejemplo el Palacio Hofburg, el Palacio Schönbrunn o el Parlamento de Austria. Después de Viena, para finalizar el mítico y turístico triángulo, llegamos a Praga, capital de la República Checa, una ciudad que resultó, sin ser tan grande como Viena, tener menos elegancia que ésta pero, en contraposición, más encanto. El mítico Puente de Carlos, en el barrio de Malá Strana, es quizás lo más destacable de la ciudad, ya que está repleto de grandes esculturas negras que representan personajes históricos tales como reyes o emperadores y cruza el gran río Moldava. Sus calles poco tienen que envidiar al escenario del típico cuento de hadas, envueltas a su vez de un gran peso histórico y de una belleza incomparable, y prueba eficiente de ello es que, desde 1992, su casco histórico es Patrimonio de la Humanidad.

El distrito del castillo es el más antiguo de Praga, dentro del cual se encuentra el Castillo de Praga, del siglo IX, la Torre de la Pólvora o el Antiguo Palacio Real, entre otros. También, la corriente arquitectónica contemporánea de ha dejado caer sobre sus calles con la Casa danzante o de Ginger y Fred, el cual parece que baila y se mueve desde cualquier punto que se observe. Posteriormente cogimos un tren hasta Berlín, capital alemana; se trata de una ciudad que a ojos de muchos turistas y viajeros no presenta apenas belleza y es bastante fría, pero a mi juicio es una ciudad enigmática, que sabe atraparte con la historia que conlleva, ya que ha visto pasar por encima de ella la terrible Segunda Guerra Mundial, y restos de tal guerra se pueden ver hoy reflejados en la manera en que los alemanes no han cesado de reconstruir la ciudad después de que ésta fuese prácticamente destruida por las bombas. La Isla de los Museos, donde se encuentra el impresionante Museo del Pérgamo, es quizás lo más monumental de la ciudad junto con Alexanderplatz; tampoco podemos irnos de Berlín sin ver la gran Puerta de Brandemburgo o el Muro de Berlín, el cual, tras su caída, fue pintado por varios artistas, creándose así una larga tira de obras de arte. Callejear por Berlín supone un sinfín de sensaciones a cerca del paso del tiempo, ya que igual que en una calle encuentras una desconocida catedral Protestante, en la calle siguiente encuentras un bloque de pisos construido hace dos años.

Además, son míticas las típicas salchichas frankfurt que se venden en puestos por las calles. Este interrail, en lo que respecta a Alemania, únicamente he ido a Berlín, pero el año pasado, con un viaje del colegio, visité otras ciudades como Mainz, Dresden, Frankfurt o Potsdam que a juicio de muchas personas resultarían más bonitas que Berlín. Después de la capital Alemana llegaríamos a Ámsterdam, la mítica ciudad de las bicicletas; pudimos comprobar que el mito es cierto, ya que la mayoría de la gente iba en bicicleta en lugar de andando o en coche, dato que, a mi juicio, no estaría mal que sucediese en las ciudades españolas por una cuestión de rapidez, contaminación o comodidad. Pasamos cuatro noches en la capital holandesa, al igual que en Berlín, en un hostal bastante céntrico. Es una ciudad repleta de canales, en los cuales encontramos acogedoras casas flotantes. Además de poseer una magia incomparable, combina sus canales y puentes con la original arquitectura de los siglos XVI y XVII. Las obras de importantísimos artistas como Rembrandt (barroco) y Van Gogh (postimpresionismo) se pueden admirar en el Rijksmuseum o en el Museo Van Gogh.

Interrail09Además es una ciudad abierta y tolerante, y prueba de ello es que por sus calles encuentras personas de todo tipo de etnias y culturas, además de la legalidad de las setas alucinógenas y la marihuana (dato positivo o negativo, según quién lo juzgue). No resultó ser una ciudad nocturna, pero sí llena de color y de vida; pasear por sus calles y puentes en bicicleta, atravesar sus parques y saborear su encanto fue una experiencia difícil de vivir en cualquier otra ciudad. Después de visitarla durante cuatro días, llegamos a Brujas, nuestro último destino y donde pasaríamos una noche. A mi juicio, más bonito que Brujas es la ciudad de Gante (ambas belgas), pero en un sentido posicional nos convenía más Brujas. No es una ciudad muy grande, por lo que en un día da tiempo de sobra a visitarla; también cuenta con varios canales y una arquitectura neogótica. También nos pareció una ciudad llena de magia, como sacada de un cuento, llena de encanto. Finalmente, al día siguiente, teníamos que coger un avión en Bruselas para volver a Madrid y finalizar el viaje.

Y así fue. Días más tarde, después de descansar y pensar acerca de todo lo que habíamos vivido, me di cuenta de una cosa: no cambiaría por nada esta experiencia. Jamás me había lanzado así a una aventura, aunque claro está que en algún momento de mi vida querré irme a África de safari o a recorrerme Asia y que tales viajes serán también una aventura incomparable, el interrail se diferencia de esos futuros viajes en una cosa bastante importante: fue el primero, el primer viaje que hice con total libertad, la primera vez que llegaba a una ciudad completamente desconocida simplemente con una mochila, dos amigas y sin ni siquiera guía de viaje, la primera vez que decidí conocer el continente en el que vivo de verdad y no sólo a través de los libros de Historia o las noticias de los telediarios. Las noches de fiesta o aquellos museos donde vi por primera vez cuadros de Caravaggio y pude encontrarme a un metro de obras maestras de Rubens, la elegancia de Viena, las calles mágicas y decadentes de Budapest, el Puente de Carlos y, me arriesgo a decirlo, el hecho de conocerme a mí misma. Y, es que, ¿no es en las situaciones límite cuando uno a sí mismo mejor se conoce? Y con esto no quiero decir que este viaje haya sido una situación límite o algo excepcional en la sociedad (porque lo cierto es que es muy común entre jóvenes), sino que ha sido excepcional con respecto a lo que yo imaginaba y concebía como común y normal. En resumen: un viaje inolvidable, que nunca es tarde para vivir y así recorrer los rincones del mundo en el que vivimos.

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TEXTO Y FOTOS: TERESA PALOMO

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