Esta semana se cumplen doce años de los ataques terroristas del 11 de septiembre de Nueva York.
En el 2002 publicamos el siguiente reportaje para recordar la tragedia en el primer aniversario:
“Las Torres Gemelas nunca se caerán”
“Este lugar es el más seguro del mundo”, aseguraba el camarero siciliano de la pizzería ubicada en el último piso
El día 11 de septiembre del 2001 se nos estremeció el alma a todos cuantos asistimos a la mayor conmoción que vivió el mundo occidental a lo largo de su historia: las dos Torres Gemelas se derrumbaban como merengues en la gran tarta de acero del Manhattan neoyorkino. La apocalíptica acción terrorista nos recordó al momento las palabras pronunciadas dos años antes por el camarero siciliano que servía pizzas en el restaurante italiano de las Torres Gemelas, ubicado en el último piso de uno de los dos enormes edificios: “No se preocupen por la altura, estas torres son el lugar más seguro . Nunca se caerán”, nos dijo.
Desde que en la Navidad del 2000 saboreábamos las apetitosas y enormes pizzas neoyorkinas en las Torres Gemelas había pasado muy poco tiempo y parecía mentira que todo un símbolo americano, un emporio de riqueza y fortaleza apareciera destruido. Parecía una película de ciencia ficción. Las fotos de King-Kong sobre Nueva York que se hacen los turistas en lo alto de las Torres Gemelas o sobre el emblemático Empire Estate.
Con la tragedia los recuerdos pasaron por nuestra mente a velocidad de vértigo. Recordamos las lujosas tiendas del World Trade Center, donde se encontraban los enormes edificios. Pensamos en los trabajadores de la American Airlines que nos vendieron los pasajes de avión a Washington. Tuvimos un recuerdo para las dependientas que nos ofrecían las colonias con la oferta de un transistor de regalo… Recordamos a los camiseros que recomendaban las corbatas italianas de seda, a todos los que trabajaban aquel día en aquella zona que ahora estaba destruida. Pensamos en los propios clientes de las cafeterías y de los restaurantes, en la gente que transitaba por las calles cercanas, Liberty Street, Fulton Street y Church Street. Recordamos también a todos los que pudieron sufrir directa e indirectamente la criminal acción de Al Qaeda.
“¿Se habría salvado aquel entrañable camarero siciliano que elogiaba las pizzas neoyorkinas como las mejores del mundo?” ¡Dios quiera que sí! Trabajaba mucho. Hasta las diez de la noche. Pero, a lo mejor, por esa misma razón, la acción terrorista le cogería aún en el metro, camino de las Torres Gemelas, viajando aún desde su casa.
¿Y los empleados que operaban desde el interior de los ascensores? ¿Les daría tiempo a abandonar las Torres Gemelas tras el primer impacto? Los amplísimos ascensores tardaban casi un minuto en llegar hasta el piso 110. Varios encargados revisaban los billetes que compraban los turistas para ascender a las Torres antes de que se iniciara el trayecto. ¿Se habrán salvado ellos de la destrucción de esos impresionantes edificios que se hacían querer nada más verlos? ¿Y los clientes del Millenium Hilton, uno de los mejores hoteles de Manhattan, al lado del World Trade Center, que resultó gravemente dañado? En Navidad, El Millenium Hilton contaba con extraordinarias ofertas para los turistas. La habitación doble costaba unos 120 dólares, si no era muy alta, porque el precio variaba según el piso. En este hotel, que está cerca de Wall Street, se alojan cotidianamente hombres de negocios de todo el mundo, porque está cerca de la bolsa, pero en Navidad queda desierto.
Desde la habitación del piso 35 del Millenium, las Torres Gemelas quedaban a poca altura. Es como si un enano observara a un gigante a escasos metros, desde abajo, y sólo le viera las piernas. Había que subir aún más pisos e ir hasta a la terraza del hotel, al piso cincuenta, para llegar a culminar la visión de los dos grandes bloques, elevando la vista hacia arriba. Desde el Hilton a las Torres Gemelas había apenas cien metros. La calle Church Street y la Trinity Place separaba a los emblemáticos edificios.
El 25 de diciembre, Manhattan estaba nevado y las calles aparecían vacías de coches y de neoyorkinos. Sólo los turistas andaban de un sitio para otro buscando algún lugar abierto para desayunar, como los bares mexicanos, con sus simpáticos camareros siempre listos para atender a los clientes foráneos.
¿Qué habría pasado con Arturo, el cuate mejicano que lanzaba los huevos al aire desde una considerable altura para que cayeran en la plancha y, tras un minuto, servirlos en un plato como huevos fritos? “¿Los quiere con beicon, señor, o con jamón?”, decía con su peculiar soniquete. Nosotros le reprochábamos que esos huevos en lugar de fritos eran estrellados, pero Arturo aseguraba que no, que esos eran fritos y lo demás era otra modalidad. A Arturo y a los demás mejicanos que atendían la minicocina a la vista del público en el autoservicio de comida rápida al lado de las Torres Gemelas les habíamos despedido con un abrazo, al dejar Manhattan, después de los diez días de contacto gastrocultural. Y hasta nos hicimos una fotografía a la puerta del restaurante, junto a las Torres, que se veían como un mazacote de cemento como telón de fondo. Coincidimos con ellos en el entusiasmo que nos proporcionaba la cultura común y el hablar castellano.
En Nueva York, hablar español es habitual. Se simultanea con el inglés. Cuando entramos en una tienda de Manhattan a comprar unas zapatillas de deporte y unos calcetines de algodón, uno de los dependientes anglosajones cedió su puesto a un tejano porque no sabía nuestro idioma. “¡Juaaanitoooo!”, llamó al hispano. Y acto seguido añadió: “¡speeeaak spanish only!”. Juanito se acercó entusiasmado a atendernos y se colgó la medalla de haber hecho una buena venta, al dominar nuestro idioma. “¿Estaría también vivo Juanito, después del atentado? Y, si es así, ¿habría superado el trauma de aquel tremendo suceso? En el World Trade Center, al lado del Millenium Hilton había un metro que nos llevaba todas las mañanas hasta el centro, hasta la 5ª Avenida, e incluso hasta Queen y otros barrios y distritos próximos a Manhattan, separados por el gran río Hudson. El metro de Nueva York es rápido y amplio y algunas veces sirve de dormitorio a mendigos que van desde una terminal a otra, envueltos en cartones para hacer más cómoda la cabezada nocturna.
También los usuarios del metro sufrieron el atentado. ¿Se habrán salvado los taquilleros y los empleados que nos vendían los billetes y que conversaban con nosotros amigablemente? Es difícil olvidarlos. Les recordamos con gesto adusto y un tanto maquinal, pero con enorme simpatía. Esperaban con increíble paciencia que recogiéramos el dinero de la vuelta de los tickets, aquellas monedas que depositaban en la ventanilla como devolución del precio al billete de cinco dólares que les entregábamos. “In Good we strust” (“Confiamos en Dios”), se lee en los billetes de dólares norteamericanos.
¿Se habrán salvado también esos neoyorkinos con quien conversamos o se contarán entre las más de dos mil víctimas mortales y desaparecidos por el ataque terrorista? Ahora, al año del increíble atentado, nos hacemos la pregunta.
El mismo recuerdo lo tenemos también para los bomberos de Nueva York. La imagen de estos profesionales surgiendo de entre las cenizas, con su tez negra, recuerda las de los mineros. Tienen el mismo espíritu de sacrificio. Son aguerridos y solidarios. Y sus esfuerzos quedan consignados en páginas históricas. Una dotación de los bomberos neoyorkinos desfiló este año por los Campos Elíseos de París el 14 de julio, día de la Fiesta Nacional de Francia. Lucían el traje de gala, limpio como la patena, aunque tras sus nuevos ternos se observara el recuerdo de aquel azul oscuro de la faena, de sangre, sudor y lágrimas. También estuvieron en Madrid, en septiembre, en la presentación del libro del psiquiatra español Luis Rojas Marcos que fue testigo de la tragedia. Su libro, titulado “Más allá del 11 de septiembre. La superación del trauma” nos calma a quienes conocimos el escenario y derramamos lágrimas por las víctimas del World Trade Center.
¿Qué será de la dependienta que nos vendió los relojes de ocasión? Valían 38 dólares y sabía que los españoles aún tenían capacidad adquisitiva para adquirirlos. Nos habló con nostalgia de cuando el dólar estaba a cien pesetas, en los ochenta, cuando los españoles de la transición, principalmente profesionales y “progres” viajaban a Nueva York a hacer compras. A los españoles nos llamaban “déme dos”, porque siempre comprábamos dos transistores, dos pañuelos, dos colonias… una para nosotros y otra para regalar a la familia o a los amigos.
El 11-S, todo el panorama de apacibilidad de la sociedad occidental, de seguridad, de Wall Street, se vino abajo. Y después de un año aún no nos hemos recuperado.
EL RECUERDO FOTOGRÁFICO DE LAS TORRES
Quienes hemos estado en Nueva York y hemos tenido el privilegio de convivir con los neoyorkinos que trabajaban en las Torres Gemelas y con los millones de turistas que acudían cada día a visitarlas desde los hoteles cercanos como el Millenium Hilton, nos sentimos muy desdichados aquel 11 de septiembre del 2001, al producirse la gran tragedia que acabó con estos fabulosos edificios y con millares de personas.
Como cualquier turista que haya visitado Nueva York, las fotografías y vídeos de las Torres Gemelas están estampadas de imágenes que forman parte ya de la historia irreversible. Las instantáneas recogen momentos inolvidables desde la cima de las dos enormes edificaciones, desde las que se observan los demás rascacielos como cajas de muñecas, incluidos los cinematográficos puentes neoyorkinos. Allí se fotografiaban los turistas. Los visitantes de Nueva York se inmortalizaban también con las Torres Gemelas al fondo, desde la Estatua de la Libertad. O con el Millenium Hilton, que resultó enormemente dañado, reflejando las Torres Gemelas en sus cristaleras negras.
Estas instantáneas forman un recuerdo de incalculable trascendencia. Quedarán para las generaciones futuras como una reflexión para que nunca se repita una acción terrorista como ésta, que también originó la guerra de Afganistán contra Bin Laden y estuvo a punto de cambiar el rumbo de la civilización occidental.
JOSÉ CARLOS DUQUE / LOMEJOR.COM
A continuación reproducimos el reportaje que publicamos en nuestra edición en papel: