Viena, El turismo cultural de Europa

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Viena: El turismo cultural de Europa
Tres museos, Belvedere, Albertina y Leopold, lideran las visitas en torno a Klimt, Picasso y los impresionistas

Los turistas de todo el mundo se dan cita en Viena, (www.vienna.info) la antigua capital del imperio austrohúngaro, que se rodea de cultura en torno a la figura del pintor modernista vienés Gustav Klimt, cuyo 150 aniversario se cumple el 14 de julio (1862-2012). Diez museos presentan exposiciones pictóricas de Klimt (más información), entre ellos el Belvedere, el Albertina y el Leopold. 

El museo Belvedere, instalado en un antiguo palacio ubicado en uno de los ancestrales asentamientos de la tribu Celta Boier que dió origen a la ciudad, expone la obra maestra de Klimt, “El Beso” (“The Kiss”). El palacio fue construido a principios del siglo XVIII por el arquitecto de la época barroca Jhohann Lucas von Hildebrandt y constituyó un regalo para el Príncipe Eugenio de Savoya por su importante labor en la liberación de Austria del asedio de los otomanos.

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Museo Albertina
El Museo Albertina (www.albertina.at), enclavado en un antiguo palacio de los Habsburgo, en pleno centro de Viena, junto a la Ópera, recoge una colección de 170 dibujos del genial pintor Gustav Klimt y ofrece además toda su colección de valiosas pinturas de Picasso, Monet, Renoir, Degás, Cezane, Kandinsky, Modigliani… y de pintores austríacos como Egon Schiele o Kokoschka, entre otros geniales artistas del arte moderno y contemporáneo. Lo construyó Louis Montoyer entre 1801 y 1804 para albergar los dibujos y grabados y artes decorativas del duque Alberto de Sachesen-Teschen. Y almacena más de un millón de obras.

El Museo Leopold, (www.leopoldmuseum.org), se encuentra en el barrio de los museos austríacos, (Museumsquartier), un lugar abierto al arte y a las nuevas tendencias, que se sitúa junto a los dos grandes Museos de Historia y de Ciencias Naturales, que se abren como enormes gemelos de piedra en una grandiosa y ajardinada plaza dedicada a la reina María Teresa.

Pero Viena ofrece a los turistas un amplio atractivo. Uno muy popular es la visita al Palacio de Sissi Emperatriz, la mítica “kaiserina” que se hizo mundialmente famosa a través del cine. Y la del Musikverein (www.musikverein.at) reconocido por el célebre y televisivo Concierto de Año Nuevo. Y no podía faltar para los turistas españoles la visita obligada a la Escuela Ecuestre Española de Viena, con sus famosos caballos blancos lipizzanos, cuya doma se reconoce internacionalmente desde el siglo XVIII y que cada viernes ofrece un espectáculo único en el mundo. El palacio-museo de Sisi Emperatriz y la Escuela Española de Equitación (Spanische Hofreitschuel) se encuentran enfrente, en un lugar céntrico, junto a uno de los enormes edificios imperiales como el Hofburg, que inicia la cadena interminable de palacios y casonas de la Dinastía de los Habsburgo.

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Museo Leopold
En la gran planicie de la ciudad de Viena, el Museo Leopold forma una línea recta con los renacentistas museos de Historia del Arte y de Historia Natural, separados por unos grandes jardines en cuyo centro se encuentra la escultura dedicada al trono de María Teresa y su séquito, los Palacios Imperiales de los Habsburgo, y la catedral de San Esteban, (Stephansdom), en la Estephanplatz, el templo gótico iniciado en el siglo XII, que se levanta en el pleno centro y al que los vieneses llaman el Steffl. Su maravilloso púlpito, sus ventanales de colores dan vida a las naves central y laterales, iluminando los nervios de crucería. En la catedral, además de los coros, se oyen todos los idiomas: ruso, ucraniano, moldavo, noruego, inglés, italiano, serbio, rumano, español, francés… cada uno de ellos acoplado a turistas de distinto nivel de vida, pero aunados por el arte y la cultura. Aún se recuerda en Viena el asedio que la ciudad resistió frente a los otomanos en 1529 y 1683, y una estatua al rey polaco Jan Sobieski lo rememora. Los turcos se dejaron en la huída hasta el café, cosa que aprovecharon los vieneses para aficionarse a esta delicia gastronómica y ahora la beben los austriacos, los turistas y los 40.000 turcos que conviven amigablemente en la ciudad.

En una enorme planicie se levanta el caballo de bronce del héroe, para conmemorar la victoria que salvó a la Cristiandad de Occidente. Ahora, los caballos de bronce erigidos en las plazas dan paso a los caballos turísticos, motores de los magníficos carruajes del siglo pasado, que sirven de tracción animal para pasear a los turistas por el centro de la ciudad (fiaker). El viaje para cuatro pasajeros oscila entre los 50 a los 105 euros, depende de si la vuelta dura 20, 40 minutos o una hora. Los 85 cocheros que hay en Viena hacen de cicerones, encorvados desde el pescante de mando hacia los turistas bien ubicados en los carruajes para explicarles que se encuentran ante el palacio de Sisi Emperatriz, frente a la catedral de San Esteban o junto a la enorme cúpula de la iglesia de San Carlos. En esta iglesia de San Carlos Borromeo (www.karlskirche.at) se pueden contemplar los restaurados frescos de Michael Rottmayr a través de 1256 m2, dedicados a San Carlos Borromeo, el sacerdote que salvó de la peste a Italia y que se invocó también en Viena. Los frescos de la cúpula a 35 metros de altura se pueden ver como los cuadros de un museo mediante un ascensor instalado en un andamio que salva el vértigo y ofrece una visión realmente impresionante. Al verlos se comprende cómo pintaban los artistas del Renacimiento y del Barroco y casi tocando la alta cúpula el turista se siente como uno de los ayudantes del mítico Rafael, encaramado a los andamios junto a las bóvedas policolores de la Capilla Sixtina. Al lado de la iglesia de San Carlos está el Museo de Viena, con joyas arqueológicas de la historia de la ciudad y cuadros y lienzos de pintores reconocidos. Y ¡cómo no! Con una valiosa colección de obras de Gustav Klimt.

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"El Beso", de Klimt, en el Museo Belvedere.
Caminando hasta la Karlsplatz, rodeada de enormes edificios imperiales y modernistas, de piedra, se recuerdan las edificaciones que surgieron en la rehabilitación de la ciudad tras la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. El dictador Hitler, que era austriaco, se anexionó Viena y la sometió a su régimen. La ciudad sufrió los bombardeos de las fuerzas aliadas y posteriormente el Plan Marshall ofreció ayuda para la reconstrucción de la urbe. Ahora luce magnífica y hasta se enorgullece de la fecha del levantamiento de la ocupación aliada por la cuatro potencias vencedoras de la Guerra (1955). Los austríacos tienen aún la idea de que Austria nunca tuvo que ser “liberada” por los aliados, porque fue víctima del nazismo, sino “ayudada” a rehabilitar su economía y sus finanzas, expropiadas por Hitler. Ahora se puede ver en Viena el barrio judío, otra vez emergente con tiendas fabulosas, joyerías, comercios y toda clase de establecimientos al servicio de los turistas, desde los gastronómicos a los de moda.

Si se hace tarde para acudir al hotel porque los turistas han hecho enormes caminatas para descubrir la ciudad, el metro es una maravilla. Y se va en un periquete de un lado a otro y se aprende en un día. Además, si se quiere ahorrar 34 euros que vale el taxi de la ciudad al aeropuerto, se puede coger el metro y luego un tren (el rápido que cuesta 10 euros y otro que es más barato y que sale por 4 euros incluido el billete de metro). De la urbe al aeropuerto y viceversa. Cuando se llega al aeropuerto de Viena, nada más salir por uno de los pasillos ya se ven las indicaciones del tren y del metro. Las señales son universales, pero si se quiere preguntar, los vieneses son enormemente amables, y serviciales y atienden con gentileza y hospitalidad a los turistas. A los españoles les dicen que se lo explican en inglés pero al decirles adiós, contestan rápidamente: ¡Marbella, Torremolinos, Benidorm… sangría, vino…!

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El parlamento vienés.
Y claro, el vino se identifica con España, pero en Austria empiezan a hacer ya unos buenos vinos, en 700 hectáreas de viñedos, que son el orgullo vienés, y que se recomiendan con cata incluida en nuevos hoteles como el Rathaus Wein&Design, (www.hotel-rathaus-wien.at) un establecimiento que dispone de buenos vinos blancos, estilo Risling y otros más geuninos aún, y tintos, a base de uvas Pinod Noir y otras varietales de excelente calidad, que están en alza. Este hotel tiene trazas modernistas y las nuevas ideas y diseños se observan por doquier. Parece que pasaron por aquí los discípulos de Klimt. Hay diseño hasta en las botellas aplastadas que sirven de plato para ofrecer caramelos en la recepción; en las puertas de las habitaciones, serigrafiadas con los nombres de los vinateros famosos, y en los toneles del jardín, convertidos en mesas para aperitivos. También hay modernismo en las habitaciones, en los muebles y doseles de las camas con luces indirectas y evanescentes que despiden la velada para entrar en el ensueño.

El vino austríaco quiere ser tan famoso como el escalope vienés, un enorme y finísimo bistec empanado (Wiener Schnitzel o Escalope Vienés) que supone una delicia gastronómica. Se acompaña con ensalada de patatas y berros, también extraordinaria. Uno de los mejores y más tradicionales restaurantes especializados en este tipo de carne es el centenario Figlmüller (www.figlmueller.at), que son dos establecimientos de la misma firma situados a cien metros de la catedral. El escalope vienés se suele tomar con vino pero también se acompaña con la refrescante cerveza austríaca (servida en una esbelta jarra de medio litro) y un pan vienés, que se conserva crujiente todo el día. Y, de postre, un exquisito pastel strudel, de manzana o de albaricoque, con excelente café expreso o capuchino, que quedarán en el recuerdo de una de las visitas turísticas más emotivas, basadas en el arte, la cultura y la gastronomía de nuestra querida Europa central. A los increíbles edificios y construcciones elefantiásicas, como el Ayuntamiento (el Rathaus neogótico) y el Parlamento, se unen la grandiosa cadena de palacios de los Hausburgo, atractivas iglesias y hasta el “repollo dorado”, como llaman los vieneses al Pabellón de la Secesión, donde una enorme bola de laureles dorados señala el Art Nouveau de una Viena vanguardista que afirma en su lema: “A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad”. Arte y libertad se encuentran a raudales en Viena, una ciudad acogedora y turística, más barata incluso que Madrid. / JOSE CARLOS DUQUE Y MERCEDES ACERO. lomejor@lomejor.com


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